Una ser tenía algo parecido a una mascota, algo que se desmoronaba nada mas tocarlo (tal vez le faltara algo de cocción), así que le llamó “la mascota de terracota”. Se pasaba los días, días eternos sin principio ni fin, modelando y destrozando, modelando y destrozando, modelando y destrozando… su mascota de terracota pero nunca se decidía a cocerla y que así descansara en paz con una forma determinada, sabiendo a que debía atenerse… ¿indecisión?, ¿proyección?… en fin un pasón. Harta ya la mascota de esperar que la definiera de una vez por todas con todas las consecuencias que eso acarrearía, harta de sentirse una triste y plana pantalla de retro-proyección de las miserias de la que se creía su dueña, un día, uno de esos eternos días soleados, decidió secarse, era lo mejor para el objeto en ese momento. La ser al descubrir la tierra seca encolerizada reunió a sus seres semejantes en uno de esos ritos en los que expulsan fluidos por donde se alimentan, sí esos fluidos corrosivos que después lamen, pero desconocía que los montones de tierra no tienen espalda con lo cual el rito no funcionó y estalló aun mas su cólera interior, se sintió vencida por un simple y amorfo puñado de tierra seca… Dios!! prefiere secarse a ser mi mascota de terracota… y lamió y lamió con sus fluidos radioactivos, y todos eran absorbidos al instante…, que decepción.El final es que la Ser encontró una planta, de las que aguanta, y Eso no se sabe que pasó. Además tengo demasiada hambre para seguir.MORALEJA: “El plexigláss, mola más” 

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